miércoles, 20 de enero de 2010


Aquel inolvidable enero
Por: Jerónimo Carrera

Para todos los venezolanos que los vivimos, estoy seguro, han resultado de los más inolvidables esos días sumamente agitados de aquel mes de enero del año 1958, y no simplemente por haberse producido entonces una puesta en fuga del guachimán de turno, Marcos Pérez Jiménez. Algo que en estos países del traspatio yanqui ocurre con frecuencia, por lo general en una operación de relevo de guardia a cargo de otro grupo militar, pero por la participación esa vez, en modo extraordinario, de las masas populares.

En efecto, la salida de dicho guachimán no fue el producto de un golpe de Estado ni nada parecido. Por eso creo que vale la pena analizar a fondo ese proceso en toda su complejidad, y empezar por señalar la escasa preparación intelectual y la cobardía personal del hombre que los monopolios yanquis tenían en Miraflores.

Esa etapa dictatorial había comenzado el 24 de noviembre de 1948, al ser sustituido el novelista Rómulo Gallegos por una junta militar, en la cual Pérez Jiménez no se atrevió a encabezarla sino que puso a un pelele, Carlos Delgado, por un tiempo. A la muerte accidental de éste, cuando se negaba a renunciar, el 13 de noviembre de 1950, la asesoría política de Laureanito Vallenilla salvó a la tal junta militar de un desastre.

Luego desde Washington le pusieron una tercera pata a la mesa de esa dictadura, enviando para acá a un policía nato, Pedro Estrada, y eso fue lo que permitió su prolongación hasta enero de 1958. Con lo cual se produjo, también, un notable cambio en la orientación represiva de dicha dictadura a partir de 1953, pasando los comunistas a ser el objetivo principal de la represión. Pues había que preparar el terreno para poder celebrar en Caracas, según lo acordado en 1948 en Bogotá, en los momentos cuando mataron a Gaitán, la siguiente Conferencia de las llamadas Interamericanas, la Décima, que se efectuó aquí del 1° al 28 de marzo de 1954 con la presencia del todopoderoso John Foster Dulles.

La ola represiva que desató el criminal Pedro Estrada contra el Partido Comunista alcanzó entonces, por ejemplo, a nuestro ahora casi olvidado pero extraordinario dirigente Eduardo Gallegos Mancera, torturado y mantenido preso hasta el 23 de enero de 1958, igual que el gran Jesús Faría y otros destacados comunistas. En cambio, para esa etapa final los yanquis reunieron a Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, allá en el norte, y pusieron a estos tres a firmar lo que se llamó el Pacto de Nueva York, que después del 23 de enero se rebautizó como Pacto de Punto Fijo para criollizarlo un poco.

Lo curioso –pero no sorprendente- es que actualmente se busca, en la TV y la prensa mercenaria, borrar lo más posible el papel del PCV en aquella tremenda lucha de años contra Pérez Jiménez y su pandilla de asesinos. Se le atribuyen méritos excesivos a los pocos militares que a última hora, como siempre, se le alzaron cuando la alta jerarquía de la Iglesia Católica y el Departamento de Estado dieron su visto bueno, disgustados entre otras cosas por el manto de protección que el dictador le había otorgado un poco antes a un colega suyo en desgracia, el argentino Juan Domingo Perón, excomulgado por haber él permitido a sus partidarios que saquearan unas iglesias en Buenos Aires.

En fin, por ejemplo, nada se dice de Héctor Rodríguez Bauza, el secretario general de la juventud comunista, y su papel en todas aquellas jornadas. Como tampoco de lo hecho por Alberto Lovera, ese gran camarada, para preparar el toque de corneta a las 12 del día, de aquel decisivo 21 de enero, que aterrorizó al cobarde Pérez Jiménez y a su policía.

Lo del 23 fue una consecuencia inmediata de ese toque de corneta del 21, que sacudió a Caracas y produjo una gran insurrección popular. Una auténtica revolución, sin saqueos ni nada parecido, pero que la dirección que teníamos entonces en el PCV no entendió y por eso dejamos pasar el tren revolucionario. Toda una lección….